Dormir mal no sólo afecta el descanso, sino también la concentración, el estado de ánimo, la regulación emocional y el rendimiento físico.
Con temperaturas muy altas, dormir bien se vuelve un desafío, convirtiendo lo que debería ser una pausa reparadora en un descanso inquieto y fragmentado.
La explicación es más compleja que un simple «hace calor». Según el doctor Juan Pablo Bernal, de San José Interclínica, el cuerpo necesita disminuir cerca de un grado su temperatura interna para iniciar el sueño.
«Este descenso ocurre gracias a la dilatación de los vasos sanguíneos, especialmente en manos y pies, lo que permite disipar el calor. Pero cuando el ambiente está demasiado cálido, ese mecanismo se frena, el cuerpo se esfuerza más de lo normal y quedarse dormido se vuelve una tarea más difícil», señala.
Este escenario favorece diversas molestias, como pasar más tiempo buscando una posición cómoda, sudoración y despertares frecuentes, lo que finalmente deteriora la calidad del descanso, ya que las altas temperaturas no solo dificultan quedarse dormido, sino también permanecer dormido durante la noche.
«Niños pequeños, cuyo sistema de termorregulación no está completamente maduro; adultos mayores, que han perdido parte de esa capacidad, y quienes viven con enfermedades crónicas o trastornos del sueño como insomnio o apnea, suelen experimentar un agravamiento de sus síntomas con noches calurosas”, explica el doctor Bernal.
El problema no se limita a sentirse cansado al día siguiente. Dormir mal afecta la concentración, el estado de ánimo, la regulación emocional y el rendimiento físico. Cuando esta mala calidad del sueño se mantiene en el tiempo, aumenta el riesgo de desarrollar problemas metabólicos, cardiovasculares e inmunológicos.
La razón es que al dormir menos y con interrupciones, se altera la liberación de hormonas que regulan el apetito, el metabolismo, la presión arterial y el sistema inmune. Al mismo tiempo, el cuerpo se mantiene en un estado de activación más alto, lo que genera un desgaste progresivo.
«Por eso, el descanso fragmentado no solo influye en cómo nos sentimos al despertar, sino que también tiene un impacto acumulativo en el bienestar general», concuerda la doctora Nancy Fontana, de Cordillera Interclínica.
Qué hacer
Que el ambiente para dormir sea más agradable no siempre requiere grandes inversiones. Por lo general, las viviendas pueden transformarse en verdaderas cápsulas térmicas, acumulando calor que luego se libera lentamente, incluso horas después de la puesta de sol. Ese ambiente sobrecalentado genera un estrés fisiológico que impacta directamente en la calidad del descanso.
«La humedad, los materiales que retienen temperatura y la falta de circulación de aire hacen que la noche no refresque lo suficiente. Eso dificulta que el cuerpo llegue al rango ideal de entre 15 y 19°C para dormir bien”, comenta la especialista.
Hay medidas simples que pueden ayudar a hacer más tolerable el dormitorio en esta temporada. Ventilar la casa temprano y de manera cruzada, cerrar cortinas antes de que llegue el sol, evitar dispositivos electrónicos por la noche, mantenerse bien hidratado y optar por ropa de cama ligera -como algodón o lino- contribuye a regular mejor la temperatura.
Los ventiladores pueden ser aliados estratégicos. Hay que ubicarlos cerca de una ventana ,para impulsar aire fresco hacia adentro, o acompañarlos con un recipiente con agua fría o hielo que potencia su efecto.
También tomar duchas tibias antes de dormir -nunca frías, para evitar el rebote térmico- y comidas livianas completan el abanico de acciones posibles.
Con veranos cada vez más intensos y noches que no refrescan, prepararse para el descanso se convierte en un acto de autocuidado. «Dormir no es un lujo, es un proceso biológico esencial que sostiene el equilibrio físico, emocional y mental», afirma la doctora.
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